Y es que la imagen lo es todo, hace que la gente se fije en artistas o deportistas que, si tuvieran aspecto normal, pasarían desapercibidos y algunos agentes, padres o ellos mismos, lo saben. Nos vamos a centrar en dos ejemplos: dos futbolistas porque actores o músicos con imagen hay muchos, un ejemplo, Bumbury con su complejo de Jim Morrison o Bono de U2, con sus absurdas gafas que la gente olvida que ya llevaba con anterioridad Rocío Jurado.

El primer ejemplo es Iván de la Peña, futbolista, alguien de su entorno le dijo que se afeitara la cabeza en una época donde no estaba tan de moda como ahora, la única persona que en esos momentos gozaba de fama mundial con su cabeza rapada era Michael Jordan e Iván, entonces en el FC Barcelona, con su cabecita afeitada y llevando el número 23 a sus espaldas, se le consideraría el “Jordan del fútbol”. Y, funcionó, los aficionados y, sobre todo, los periodistas, se fijaron en él, a unos cuantos buenos pases del pequeño Iván se les daba más importancia que a los demás jugadores de aspecto más o menos normal e Iván se convirtió en estrella antes que realmente hiciera algo importante. La consecuencia, la gente le pedía cada vez más y más y, “El Pequeño Buda”, como también se le conocía se diluía en un juego espeso. El Barcelona, con buen criterio, se deshizo de él y ahora Iván se pasea por los estadios de España prácticamente olvidado, sin llegar a lo que la gente esperaba de él, su antiguo club prefiere a jugadores como Xavi e Iniesta, que destacan por su juego y no por su imagen.

Otro ejemplo parecido es el del jugador del Getafe, Granero, un jugador de tipo medio, nada especial pero la gente se fija en él porque parece sacado de la época de George Best: una imagen desaliñada, con los pelos desgreñados y una cinta ancha, tipo tenista de los años 70 en la frente, llama la atención por ello y sus gestos algo absurdos, pero no por su juego y dudo que lo veamos en un gran equipo o en la selección.
El problema de ellos, incluyendo los chicos que estudiaban en mi escuela de cine es que, fuera de su disfraz, no son nada, se sienten desnudos ya que sin ellos, no llamarían la atención y habrían sido tragados por la mediocridad.








